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Pequeño apartado de cosas que he dicho y que no debía haber dicho. Algunas han marcado un antes y un después en mi vida, otras han marcado la marcha de los acontecimientos, y por las últimas me han marcado la cara por gilipollas.

En este caso, ejemplo intranscendente de cómo cagarla por pasarte de rápido… que la vida no siempre es el pasapalabra!!

Situación buena, muy buena, compartiendo tiempo y contacto con la chica probablemente más paciente que existe. Sabe que tengo el sentimiento y las palabras, y prefiere hacer caso omiso a mi capacidad para cagarla. Me dice:

“Dime algo que te salga del corazón.”

Sé que los silencios son incómodos, así que respondí en décimas de segundo, que me parecieron meses…

“La aorta”.

Si, gilipollas al completo, pero creo que me sigue queriendo ;-)

Piñata.

Creo que a una de las pocas fiestas de cumpleaños que me invitaron de niño. En realidad, no era de ningún amigo mio, sino de la hija de un compañero de trabajo de mi madre. Supongo que el pobre hombre me vería jugando a empujarme yo solo en el columpio del parque, y se preguntó que parte abundaría más en mí, la tontería o la soledad. Espero que mi madre me encubriera y dijera que la soledad, de ahí vino la invitación.

Recuerdo la pre-fiesta como un auténtico horror, por que mi madre le regaló a la niña un libro mio (La cabaña del Tio Tom) y, como sabreis, uno de los grandes placeres de esta vida es desenvolver un regalo - creo que es el antecedente infantil de la pasión masculina por el striptease- y uno de los peores momentos es ver cómo preparan como regalo para alguien lo que tú quieres para tí.

A lo que íbamos, la fiesta. Gran cantidad de niños que ni conocía ni me conocían, pero no recuerdo que los ganchitos estuviesen malos, así que supongo que estaban buenos. Pusieron la canción de los pajaritos. Tranquilos, podeis borrar esa imagen de vuestra mente, no bailé. Y ahora la parte sudorosa: la piñata.

Me vendaron los ojos, me dieron un palo y me dijeron… “rompe la piñata!!“. ¿A que suena divertido? Pues ni pizca. Recordad que yo vivo por objetivos, así que si tengo que romper la piñata la rompo, pero NO ME TAPES LOS OJOS. El palo se agradece, pero ir a ciegas no me gusta. En lo que a mi respecta, toda finalidad es un problema (lo sé, lo sé, soy el alma de la fiesta), y más o menos puedo ir sorteando los problemas que veo.

Ahora me encuentro como en aquella fiesta. Todo es alegría y ganchitos. Por suerte, no suenan los pajaritos, pero tengo un problema y voy a ciegas. No sé que narices pasa, pero la cosa no va bien y no sé dónde está el problema. Sé que el problema está ahí, colgando, que todo el mundo está pendiente de que lo rompa, pero no acierto ni a verlo ni a reventarlo. Y lo peor, es que entre fallo y fallo, los que se están llevando los palos son los que me rodean, mientras el problema está a salvo.

En fín, que hay que reconocer que lo peor de estar de nuevo realmente bien, es que los malos momentos duelen el doble, supongo que por la falta de costumbre.

Como documento gráfico, y no me busqueis entre los artistas…

simplemente morimos.

Soy el terror de mis niños. No de los que me tienen que venir en un momento o en otro, sino de los 30 (rotativos) por clase que tengo ahora y desde que empecé a trabajar de carcelero profesor.

Procuro empezar cada curso siendo sincero y simpático. Como nunca me sale bien, acabo siendo simplemente sincero. Y les digo a grosso modo cómo lo van a pasar el resto del curso. El resumen es que, por culpa de mis siete dioptrías, agiten los brazos mientras me llaman para ir a su sitio, en caso contrario no identificaré de donde vienen esos ruidos. También les digo que hablen alto, que tanto escuchar el walkman/discman/mp3 (depende de la década de la que hablemos) me ha hecho quedarme medio sordo. Les advierto que en lo que a mí respecta, y hasta que se acerque mayo que me acuerde de sus nombres, todos se llaman señoritas y caballeros. Y lo más importante, tanto teclado ha hecho que mi mala letra pase al nivel de letra pésima.

Recuerdo cuando empecé a ser consciente de mi mala letra (y entiéndase ser consciente a cuando me dijeron en el colegio “¿qué número has escrito en la hoja? ah! que pone tu nombre…”). Si no recuerdo mal, juraría que los profes acabaron por aprobarme los exámenos por que se fiaban de mí y sabían que era entre tonto e inocentón. A partir de 5º (E.G.B. qué tiempos aquellos), creo que al menos uno de mis profes me preguntaba “TJQEC, ¿has estudiado para el exámen?” y yo respondía la verdad, que sí que había estudiado. “¿Y cómo te ha ido?” Y yo respondía la verdad

  • “creo que en este saco un 7″.
  • “muy bien, seguro seguro seguro que un 9″.
  • “es que no he hecho la pregunta 3″.
  • “creo que un 5″ .

y el profe me miraba y replicaba “Pues sí, has acertado, tienes un 7/9/3/5. A ver si te esfuerzas un poco más para el siguiente control que puedes hacerlo mejor”. O yo me conocía mucho, o el profe se acostumbró a ahorrarse faena.
Una vez, una compañera de clase me vió especialmente estresado intentando escribir lo que el profesor de sociales decía. Por primera vez ( ¿6º de E.G.B.? puede ser) un profesor no nos dictaba, simplemente recitaba y nosotros hacíamos lo que podíamos. En mi caso, intentaba apuntar absolutamente todo lo que decía. Blanca, la compañera, cansada de que mis sudores nerviosos manchasen su libreta, me enseñó el gran secreto: “escucha, entiende y escribe”. Si no me hubiese dado un número de teléfono falso desde 1º de E.G.B. hasta siempre, la llamaría para darle las gracias. El corolario a su secreto no me gustó tanto… “ y deja de sudarme en la libreta, gordo con gafas!“. Creo que por eso no me dió nunca su número auténtico…

Desde entonces intento que mis niños se den cuenta de que con la poca atención que les presto por culpa de mi vista y oído, y con la letra que tengo, más vale que piensen rápido y se fien de lo que entienden…. que siempre va a ser más fiable que lo que garabateo en la pizarra.

Escucho, entiendo y escribo … Seguimos haciendo caso, casi 20 años después.

… o para que nos entendamos, “decíamos ayer…”.

Es increíble lo rápido que pasan los días y lo viejos que nos hacemos (bueno, los y las menores de 30 no tanto, pero ya les llegará su cambio de decena, tiempo al tiempo). El caso es que me toca disculparme por la ausencia, que ha sido demasiado larga. Y no es por que me falten cosas por decir, por La Fábrica de Levi’s os juro que tengo tanto o más que contar que antes, pero es que, como dice el acreedor al banco… se me juntan las letras.

No es por dar envidia, ni rabia, ni siquiera es por dar los buenos días, pero igualmente os lo digo… Desde que vino no se ha marchado, y eso es bueno. Pero mi ausencia de por estos lares no es culpa suya (directa), es más bien que me he recuperado ligeramente y vuelvo a ser el hombre de las 26 horas.

Vuelvo al trabajo a degüello. ¿Por qué? Por que soy de aquellos inconscientes que se creen que trabajando mucho uno se hace rico… ¿y para que quiero el dinero? para dejar de trabajar. ¿Y por qué quiero dejar de trabajar? Para… para… vale, no quiero dejar de trabajar, me quejo de vicio, simplemente.

De todas formas, he de reconocer que estos meses que he estado despegado del trabajo y pegado al teclado, al gimnasio y al pulsómetro me han servido de mucho. Prometo seguir por aquí y contaros, entre otras cosas, que esta vez no he llegado a tiempo. Me he fastidiado las rodillas y no hay maratón. Nada serio, pero se impone descanso y volver al gimnasio, que al menos no toco las rodillas.

En fín, como veis, esta vez aún no muestro mis desviaciones, aunque prometo volver a ellas. Tengo muchas, Mili sabe unas cuantas, a Alex lo tengo olvidado, y hace muucho tiempo que ni siquiera comento a la Seño Sunny o a Noemí … en fín, que echo esto de menos, tanto de per se como por que indica que vuelvo a un ritmo de vida que hace tiempo que dejó de ser mi favorito.

Por cierto… vale, soy débil. No he dejado el café… menos los que me prohíben que tome, claro está! ;-) … si es que me tienen atado en corto!

… y se vino. :-)

Tengo miopía y astigmatismo en cada ojo. Durante mucho tiempo, he estado esperando a que se estabilizase para operarme ( no sé bien bien por qué, ya que las gafas no me molestan en absoluto, y es lo más intelectual que hay en mí). Supongo que es más que nada por el miedo a perder un sentido, ya que me sentiría extraño teniendo sólo cinco.

Pero la verdad, y ahora me toca ser sincero. Creo que le estoy cogiendo el gustillo a esta sensación.

Empecemos por lo primero: la miopía me permite no ver bien de lejos, así que tengo dos opciones:

1.-me preocupo mucho por esta característica, apreto la vista, cojo dolor de cabeza de tanto esfuerzo inútil y sigo sin ver nada,

ó
2.-me relajo y miro lo que tengo cerca de mí. Tanto en distancia como en tiempo.

Desde que estoy aprendiendo que se puede vivir sin pensar en “¿Y si las cosas cambian en un par de meses?” empiezo a estar más tranquilo. Disfruto más de lo que tengo, por que está lo suficientemente cerca como para estirar la mano y tocarlo. Además, para caminar mucho sólo hace falta ver bien los primeros metros, el resto del camino es un misterio.¿El camino ha sido llano? genial, disfrútalo. ¿A medio camino hay un escollo? Haz lo que puedas por sortearlo, y si no lo consigues, cambia de camino, pero siempre recuerda lo verde que estaba el bosque mientras duró el paseo.

No contento con la miopía galopante, tengo un divertidísimo astigmatismo. Y me encanta ver distorsionado, por que me permite que me expliques lo que ves.

Tal vez aceptaré tu realidad, tal vez no. Pero tengo dos realidades por escoger, y me encanta que me intenten convencer. Aceptar que lo que tú tienes en la cabeza es lo correcto es una batalla, y por mucho que pelee por la realidad, lo que menos me importa es quién gane, me gusta la pelea.

Me gusta como te calzas los guantes, como calientas, como lanzas el puño mientras te proteges la realidad a la espera de que mi argumento salga disparado hacia tí. Sabemos que soy un contrincante duro, así que va para largo. Mejor, ya que las victorias más dulces son las más costosas. Ese juego de piernas, esa agilidad de cintura, la forma de adelantar los hombros para apoyar el golpe. Me encanta la batalla.

En alguna pelea he ganado por KO, y ha sido lo peor que me ha pasado. El equilibrio es la respuesta. Los superioridad/inferioridad manifiesta no es buena, lo único que se consigue es desmotivación y pensar que no es una pelea, sino una reyerta o una masacre. Los contrincantes tienen que ser del mismo pesaje y capacidad… y a disfrutar del espectáculo.

En fín, es curioso todo lo que bueno que puede ser un defecto. Para la próxima, recordadme que os cuente qué me proporciona tener unas piernas algo cortas y ligeramente torcidas :-)

Ha pasado un tiempo desde que empezase esta trilogía analítica con nuestro amigo Dr. Hyde, pero después de una hipotética conversación con una hipotética amiga y mami blogger, en la que me dijo la hipotética frase “TJQEC, eso es muy de chica, no?”(*), pues toca retomar el lado oscuro de la persona… hipotética.

No quiero aceptarlo, y como soy razonablemente libre pues no voy a aceptarlo.

Pero soy un nenaza.

Supongo que las circunstancias conocen a  muchas personas, y te las van presentando según les apetece. Temed el día que las circunstancias estén con ganas de cachondeo, por que lo que puedes llegar a conocer ese día…

Imaginaos dos polos. No, de los de chupar, no. Creo que no debí haber dicho chupar. Bueno, dos polos que durante unas cuantas conversaciones parecen total y absolutamente opuestos.

“Yo poco”                          “Pues yo mucho”

“A mi no me gusta”             “Creo que es lo mejor”

“Donde se ponga…”            “Quita, quita…”

Eso sí, como se decía en una mala época de mi carrera… “minimum requirements” salvados; en común dos cosas para que seguir hablando tenga razón de ser. Mucho sentido del humor, y café. Entre sorbo y sorbo, carcajada. Y aunque sea tentar a la muerte, a veces, sorbo Y carcajada.

El saberte en la absoluta distancia pero con la coartada del humor, ayuda a establecer un nuevo tipo de relación. Su vida no es mía, nunca lo va a ser. No juzgues, simplemente comenta, rie, disfruta estos momentos. ¿Tú nunca harías lo que ella?¿Y qué? Ni nadie te ha pedido que lo hagas, ni nadie te ha pedido que la salves de los fuegos eternos del infierno.

Creo que la (auto)confianza es peligrosa, muy peligrosa. Basta que estés convencido de que algo no puede pasar para que des un movimiento en falso y pase. Día de bajón, uno de tantos. No puedes evitar comentarle lo que te pasa por la cabeza, todas aquellas cosas que callas para tí por que es donde mejor van a estar. Total, qué puede ocurrir. Lo bueno que tienen las paralelas es que nunca se cruzan, así que sabes que digas lo que digas no va a tener consecuencias.

No sé si os lo había comentado alguna vez, así que digo en corto una historia muy larga. Estoy sólo por que quería dejar de estar sólo. Un callejón sin salida y con techo sellado. Sólo se podía salir de allí recortando mi mitad que nunca fue mía, así que lo hice. Tras la consiguiente sangría notas el vacío que sabías que notarías. Y tal cual lo dices.

“No quiero estar sólo, quiero a alguien conmigo”

“¿En el sentido más bíblico de la expresión?” (**)

“No, en el sentido de saber que si me doy la vuelta sin fijarme le daré un codazo. En saber que tiene sentido levantarme a oscuras para no despertarla. En cerrar la puerta del pasillo para que no llegue al dormitorio el ruido de la cafetera. En soplarle a la nariz mientras duerme a ver si se da un golpe tonto intentando quitarse la mosca que no está”. (*)

“Debe estar bien. Me gustaría probarlo”

Esto no te lo esperabas, pero sigues confiado en que no puede pasar nada. Demasiadas diferencias. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que esteis toda la noche riendo y no duermas?

“¿Te vienes?”

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(*) Pensamiento textual, palabras no textuales. Al recontar la adaptación no literaria de este hecho a Mili, es cuando me dijo la frase maldita. Pero por Dios, que los hombres estamos obligados a pensar en lo de siempre… como se me puede olvidar lo que ha permitido a la especie sobrevivir…

 (**) Expresión aún menos textual.

Tengo que dejarlo.

Tengo taquicardias desde hace unos días (no diré semanas para que no parezca que soy descuidado hasta para mí mismo). En determinados momentos del día, y sobretodo por la noche, intento contar los latidos de mi corazón pero me pierdo. Supongo que eso quiere decir que tengo que dejar, entre otras muchas cosas, el café.

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Sí, ha sido un silencio muy incómodo. Mis más cercanos me darían por muerto antes que por descafeinado, pero son decisiones que se deben tomar a tiempo. Pero mientras escribo estas palabras, me tiembla el pulso… y no por la cafeína acumulada, sino por la emoción.

Empecé con ella (la cafeína) bastante tarde la verdad, ya que no fue hasta la universidad cuando la probé. Si, si, no he dicho que me enganché en la universidad, he dicho que la probé en la universidad. Lo recuerdo como si fuese ayer. Pasillo del bar de letras (pasaba por allí, lo prometo) a media altura a mano izquierda. Máquina rancia chorreando líquido tanto dentro como fuera de los vasos de plástico. Amante barata, 35 pesetas (os lo juro, hubo un tiempo en el que con 100 pesetas te ponias hasta arriba) pero exigente.

Un primer beso y me ardió la lengua.

Un segundo beso y desperté.

Un tercer beso y pregunté por el lavabo.

Oscar, amigo de aquella época y hombre-calma me acompañaba en esos primeros momentos (al lavabo fui solo) y se tomaba los mismos que yo, pero a él parecía no afectarle. Después del segundo abrazo de cafeína, él caminaba mientras yo era el que saltaba a su lado gritando “¿Y clase de qué? ¿Y clase de qué?”. Fueron buenos momentos, menos para los que tenían que soportar mi distorsionada y cafeínica realidad.

Pero era un ser embrutecido. Tomaba asqueroso brebaje de máquina de pasillo, amante barata de “a 35 el servicio y que sea rápido que hay cola”. Cuando tomé mi primera dosis de verdad… Dios, me convertí en un adicto refinado, y lo mejor aún estaba por llegar. Fue en la desaparecida cafetería Fenton’s (en paz y en nuestro recuerdo descanse) cuando me presentaron a Triestino, alias Bebé, A.K.A Biberón. Café fuerte con leche condensada. El punto justo de preparación era cuando clavabas la cuchara en el centro de la taza y esta no se caía por fuerte que fuese el seísmo. ¿Recuerdas, Jordi?

Más adelante llegaron grandes momentos en mi vida. Recuerdo que en mi último año de carrera, dónde mi vida se repartía entre 60 créditos universitarios, una jornada laboral de 40 horas, la informática y Ella, aún encontraba tiempo para tomar mis 6 dosis diarias, supongo que gracias a que pusieron la máquina de café junto a la sala de estudio. Y era feliz. ¿O era espitoso?. ¿O las dos?.

El hombre evoluciona, y junto a esta evolución llegaron mi primer Colombia, mi primera cafetera express, mis primeros 8 cafés en un día. Y era más feliz. ¿O era más espitoso? Sí, definitivamente, esta vez era más espitoso. Pero me hago viejo, tan viejo que si tuviese pelo sería cano, y mis intestinos ya no aguantan esos tutes, y mis nervios me preguntan a diario que si es que me deben dinero…

No hay más solución. Tengo que dejarlo. En el peor momento posible, pero tengo que dejarlo. Pero es que:

- Anímicamente lo necesito.

- Fisicamente lo necesito.

-Tengo 400 monodosis en casa que QUIERO liquidar (es una larga historia).

Y ¿sabeis qué? las casi 600 palabras dedicadas a esta dura decisión que es dejar el café tienen una razón de ser… no pienso dejarlo hasta liquidar todos aquellos cafés pendientes con todas aquellas personas, conocidas y por conocer, con las que tengo este tema pendiente. Así que, aludidos del mundo, uníos y permitidme acabar con mi adicción… TOMEMOS UN ÚLTIMO CAFÉ!. Si puede ser, no con todos el mismo día, so pena de muerte ipso-facto pero, eso sí, muy movida.

En resumen, que a ver si los que estamos cerca quedamos para tomar un café.

¿Y no podías haberlo dicho más corto?

Sí, pero lo prefiero con leche… :-)

Buenos días, parroquianos y parroquianas :-)

Hoy, y como excepción que rompe la regla (lamento comunicaros que eso de “la excepción que confirma la regla” se debe a una mala traducción) me he levantado … no sé… cómo podría decirlo… ¡hasta con ganas de trabajar!. Bueno, para no aburriros - que sé que es lo que suele pasar- no os contaré nada, simplemente agradecer la compañía, la sorpresa a terceros y las charlas no presenciales de este fín de semana :-) .

¿Y un post sólo para esto? Básicamente si, pero también para comunicaros lo siguiente: lo de loco está bastante confirmado, pero tonto del todo no. Pensaba que lo mio eran manías, tonterías, excentricidades y, aceptemoslo, lo son.

Pero, y es un gran pero, el hecho de que alguien como yo que dejaba escapar el autobus si estaba en la acera de enfrente con tal de no acelerar se empiece a preparar para una maratón (¿no os lo había dicho? Uff, pues el como se ha llegado a esto es buenísimo…) tiene justificación científica. Os copypasteo el texto, pero os dejo también el enlace al original, en el que confirma que me estoy automedicando de la forma más sana :-D . Bueno, si no fuera por que las lesiones empiezan … Ahi va el texto.

“Durante años, se ha demostrado que caminar posee muchos beneficios. No sólo porque nuestro cuerpo necesite movimiento, sino porque nos ayudaría a sentirnos mejor con nosotros mismos, a sentirnos activos, jóvenes y fuertes.

No en vano, entre algunos de los beneficios claros que tiene caminar diariamente entre media hora / una hora, encontramos reducir los distintos dolores de espalda, de cabeza, o a mitigar las distintas tensiones musculares; a mejorar nuestro estado depresivo; a reducir las tensiones diarias, el estrés y la ansiedad; o a reducir la fatiga emocional, entre otras cuestiones más.

Sin embargo, hoy nos vamos a ocupar de un asunto que, lamentablemente, está de candente actualidad, más aún en la sociedad neurótica en la que vivimos, en el cual, caminar o dar un tranquilo y relajante paseo, nos ayudaría a poner en claro nuestras ideas.

Y es que, seguramente, en alguna que otra ocasión te has visto ensombrecido por un problema que, si bien no tiene por qué ser importante, te preocupa sobremanera de tal forma, que te impide disfrutar del momento, del día a día; y, sobre todo, de esas pequeñas cosas que nos brinda la Vida.

En este caso, y para ayudarnos a abrir nuestra mente, y a aclararnos, la mejor opción sería caminar durante unos minutos. De recordar en estos instantes es la frase de Shakespeare, cuando dijo que una vuelta o dos, caminaré para aplacar mi mente agitada.

Cuánta razón tenía, pues, en vez de ir a coger una caja de aspirinas, es mucho más recomendable salir a coger aire fresco y caminar, pues la rítmica acción de andar nos ayudará a solucionar nuestros problemas, al restaurar en nuestra mente un sentido de equilibrio que contrarresta los dañinos efectos del estrés acumulado.

Porque un paseo es sin duda alguna una parada algo más que refrescante, siendo un tiempo para nosotros mismos, para relajarnos y olvidar nuestros problemas.”

Christian Pérez
elblogsano

Si es que, y nunca mejor dicho, creo que estoy en el buen camino!! :-D

P.S.: Ya va dos veces que anulo lo del sexo… ¡Quién me ha visto y quién me ve! ¡Con lo que yo he sido!

P.P.S.: Alex, te juro que estoy preparando el segundo asalto del crossblog fighting :-)

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