Miró hacia delante y vió que había camino. “Menos mal -penso- al menos el primer trabajo del día me lo ahorro. Ahora a ver si tengo suerte el resto de la jornada”.
Se agachó para coger el bulto con sus cosas y se paró a pensar en lo práctico que le resultaba ese atillo. Era ligero, así que le permitía hacer el camino de forma bastante rápida y cómoda, sin cansarse más de lo justamente imprescindible. Había puesto en su interior los pocos objetos duros que tenía (entre ellos, un pedazo de pan al que hasta había puesto nombre de cariño que le había cogido) , y estaban envueltos por la poca ropa a la que le iba enseñando mundo, de reino en reino y vuelta a empezar. Esta disposición era perfecta, por que hacía del bulto una cómoda almohada, y de alguna forma compensaba la imperfecta cama que solía ocupar hasta que encontraba algun castillo en el que entretener y dormir un poco por encima del suelo. En fín, llamemoslo como queramos. Practicidad, sencillez, organización, pero lo que era una verdad tan inamovilble como la montaña que una vez lo persiguió es que, en realidad, era más pobre que una rata huyendo de la casa de un ciego.
Mientras cogía el bulto y se lo ataba a la espalda, rodeándole el hombro derecho para que aguantase el peso, siguió mentalmente el camino que tendría que recorrer esa jornada. Era buena hora, el sol había salido y le quedaba a su espalda. Perfecto, nunca le pareció buena idea caminar hacia el sol, le quemaba la vista (una de las pocas cosas delicadas que tenía) y además, pensaba él, ¿qué pasaria si alguna vez caminase tanto que al final se acercase de verdadl? Si en verano ya quemaba, se imaginó cómo sería en verano y de cerca, y el sudor empezó a resbalarle por la frente. Bien, seguiría el camino que su sombra le dictaba (al menos hasta medio día, por supuesto) con la calma de saber que el camino estaba rodeado de plantas comestibles que en cualquier momento podía coger y llevarse a la boca. Se hace mejor el camino con el estómago ligero, pero sabiendo que no hace falta más que alargar la mano para poder encontrar con qué llenarlo.
Miró hacia arriba para comprobar la temperatura. Sí, él también sabía que eso era una estupidez, pero si algo aprendió en la Escuela de Magia Oral y Escrita es que es tan importante la información como el rito que la envuelve. En determinados casos y en determinadas profesiones, como fue descubriendo con el tiempo, un rito bien llevado a cabo incluso hacía que la gente ni se diese cuenta que no había información. Pero bueno, eso es otra historia. Oteó el cielo y lo encontró completamente azul, sin una sola mancha blanca. Parecía que ese día no tendría que usar su fardo como resguardo de la lluvia… en fín, que el pan seguiría blando otras 24 horas al menos.
Todo parecía correcto. Los pies en el suelo (el sitio que le correspondían) el bulto y el sol a la espalda, el cielo despejado sobre su cabeza y la mirada al frente. Sólo quedaba una cosa por hacer para empezar el camino; dar el primer paso de los muchos que le quedaban hoy por dar… y de los muchísimos que le quedaban por dar hasta acabar el camino.
Un bufón errante sin su princesa? Esperaré a ver que pasa, porque esto no se puede quedar así…
@Sexandalicante: Pues ya ves, sin princesa y si me apuras hasta sin gracia… lo que se podría llamar el colmo de la desgracia de un bufón. Pero vamos, que acaba de empezar el camino y no controla ni las curvas, a saber cómo acaba
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Un buen comienzo… me sonó algo triste, o es que a mi ultimamente todas las melodías me suenan tristes…
Lo más complicado, desde luego, es dar ese primer paso. Sé que parece redundante, pero, ¿cuántas veces nos repetimos lo que tenemos que hacer o dejar de hacer, hasta que nos ponemos manos (o piés) a la obra?
Un buen comienzo, sin duda