Es que antes hace demasiado calor, tanto calor que de la barra a la terraza llegan los cubitos derretidos. El camarero me ha hecho una de aquellas preguntas que entran dentro de la categoría de “no soy estúpido, simplemente soy rápido de palabra y lento de pensamiento”.
“¿El cortado con hielo lo quieres con leche caliente o natural?”.
Le doy a escoger, pero tengo miedo, mucho miedo de la decisión. De lo que decida consideraré si darle conversación mientras espero a que llegue Miguel. Lo trae con leche caliente y una sonrisa de oreja a oreja sabiéndose un profesional de categoría. Le devuelvo la sonrisa y miro el reloj, señal de que estoy esperando y que es una lástima estar atrapado por las prisas, por que si no seguro que le preguntaba qué tal el negocio y cómo iba el verano.
Mientras el camarero se va, reviso la libreta que he traído. Una libreta de aquellas pequeñas, de las de media cuartilla en la que apenas he usado las primeras hojas. Aunque el contenido lo he escrito yo, no puedo evitar que cuando Miguel llega me diga:
“Si es bueno, ¡cuéntamelo!”
“Si fuese bueno estaría riendo, y sólo sonrío. Es medio bueno, no tanto como el de los dálmatas, pero medio bueno.”
“Mira que nos vemos poco, pero ¿siempre tienes que sacar el chiste de los dálmatas? A este paso, vamos a dejar de vernos cada seis meses y pasaremos a visita anual, como la revisión de mi hipoteca.”
“No te preocupes por la próxima.”
Pasamos a ponernos al día en el tono habitual. Él me habla en serio a sabiendas de que me lo voy a tomar a broma. Mide las palabras sabiendo que usamos un sistema métrico diferente. Me manda a la mierda y sabe que entiendo que eso significa que llame al camarero para pedir otra cerveza. Comienzan las lágrimas de risa cuando empezamos a ponernos al día de nuestras respectivas vidas sexuales y reconozco una vez más ser un especialista en sexo oral (mucho hablar de sexo, pero poco más). Me vuelve a mandar a la mierda, así que aprovecho la llamada al camarero para pedirme otro cortado con hielo.
“Tio, tanto café no es bueno.”
“Eso no me lo dice alguien que va por su cuarta cerveza a las ocho y media de la tarde”
“Pero lo mio no me quita el sueño, ¿tú podrás dormir?”
“Tranquilo, como un tronco” le respondo mientras me toco el parche.
Completamos la quinta cerveza y el tercer café y miramos el reloj a la vez. A él lo esperan en casa, así que le digo discretamente.
“Miguel, ¿en la mierda te ponen de cenar?”
“No”
“Pues vete a casa que te están esperando y se te enfría.”
Evidentemente se parte de la risa, y eso que cada seis meses acabamos la tarde igual, pero hay cosas que no se pueden evitar. Me quedo un poco más en la terraza, espero la cuenta y miro la libreta. La vuelvo a abrir y sonrio de nuevo, aunque esta vez voy directamente a la última hoja escrita. De la lista de nombres, el único contenido de la libreta, tacho a Miguel, el penúltimo que faltaba. Me levanto y me dirijo a casa, que aunque no es tarde, la somnolencia me puede. Suerte que tengo la maleta hecha, que por la mañana no habrá ganas, seguro.
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Me despierto al tercer despertador, me quito las legañas a aguazos poco certeros y me dirijo al autobús. Al bajar ando los escasos 500 metros hasta la entrada, y antes de atravesar la puerta, saco la libreta y tacho mi nombre de la portada, el último que quedaba. Dejo que la cédula me detecte y la puerta se abre automáticamente, dándome la bienvenida.
Sabeis, siempre me he preguntado por que la entrada al pavellón de paliativos del hospital es automática, pero la salida …